Caminar con Agustín


Este es un fragmento de mi diario de cuarentena, notas que tomé desde el 20 de marzo. Sarah Moses, traductora especializada en literatura latinoamericana contemporánea, lo tradujo para la revista literaria Asymptote (posteo el link al final de la nota).



Cuando el presidente dijo ¨cuarentena¨, quedé en blanco. Venía sintiendo todo tipo de cosas con las medidas de distanciamiento social, pero una vez que se decretó el aislamiento, el 20 de marzo, no pude sentir nada más.
Las primeras semanas estuve en una nebulosa. Me sentaba frente al espejo y me miraba los lunares como quien mira una galaxia. Los mensajes se acumulaban en mi teléfono, yo respondía cada tanto, pero sonaba empañada, como si tuviera la cabeza dentro de un colchón.

En ese estado salí a caminar con Agustín.

Agustín fue compañero de secundaria, nos criamos en un pueblo cerca de las Cataratas del Iguazú. Después él se fue a vivir a Bariloche y yo a Buenos Aires, y no supe más. La pandemia nos reconectó en ese primer momento de ebullición de las redes en el que todos nos preguntamos por los demás. Seguimos estando a miles de kilómetros de distancia uno del otro. Enseguida nos pusimos a hablar de nuestro pueblo. No es que hayamos sido tan amigos, es que se nos dio por caminar. ¨Si doblabas a la izquierda estaba la casa de Julito, ¿te acordás?¨, ¨¡Uhh, sí, la del perro malo!¨, ¨¡Esa! Y si bajabas por esa calle llegabas a la plaza¨. Así estuvimos un rato largo por wasap. Sabemos por los demás que el pueblo está cambiado pero, como ninguno de los dos volvió, tenemos el recuerdo intacto. Recorrimos los tramos preferidos de cada uno. Por ejemplo, el camino de tierra que yo hacía en bicicleta para ir a la clase de inglés. Bajaba veloz por el montecito y enseguida la curva hacia la derecha donde empezaba el pinar, la temperatura cambiaba, se sentía el aire húmedo con olor a resina, y había que tener cuidado de que la bici no resbalara con la tierra roja que a esa altura del camino parecía una cerámica recién lustrada. Puedo recordar con el cuerpo todos los vaivenes, moldear la topografía en plastilina. Agustín también lo recuerda. Entre los dos poseemos un pueblo que es real, nos lo vamos confirmando el uno al otro, pero que ya no existe. Su lugar preferido es el club, así que nos alejamos del pueblo y caminamos cinco kilómetros a pata. Primero es la estación de servicio, ahí había hombres grandes que me miraban como si yo también fuera grande, pero esto no se lo digo a Agustín, no quiero detenerme, el cuerpo todavía siente una ligera incomodidad. Él tampoco hace foco ahí, está unos pasos más adelante, en el aeroclub, que es todo pasto y mate los días de sol, nunca vi una sola avioneta, y por la noche las primeras salidas con autos a mitad de la secundaria, hasta ahí nomás llegábamos, pero alcanzaba para los besos importantes. Seguimos caminando, el aeroclub queda atrás, empieza la hilera de viejos eucaliptus, es un misterio de dónde salieron, si el pueblo es joven, los frutitos caen como trompos. El tramo final es la ruta 12, una de las más peligrosas de la provincia, por la que pasan camiones cargando troncos. ¨¿Te acordás del olor de Lipsia?¨. Agustín lo dice y se me enciende el aserradero con todos sus engranajes de metal, lo tenía apagado, me había olvidado que estaba ahí. Pero basta que lo mencione para que reaparezca. A esa altura de la ruta los camiones venían en bajada, te pasaban por al lado y te volabas. Al fondo había un humedal, las ranas croaban como si fueran cañas golpeteando entre sí, y ya después llegabas al club, con la pileta y las canchas.

Ahora me doy cuenta que salir a caminar con Agustín fue una de las cosas que hice solo por aferrarme al piso. Con la cabeza flotando, sin poder procesar la pandemia, busqué cuerpo, le puse peso para bajar a tierra. Creo que la contemplación de lunares fue parte de lo mismo: buscar piel y contorno. Los memes también, ¿no? Los primeros días las redes estallaban de chistes, fue lo único que consumí, algunos diálogos con amigos se sostuvieron solo de intercambios de memes, tal vez a todos nos pasaba lo mismo, la necesidad de risa, de poner al cuerpo a hacer ruido. Después, el torrente mermó por sí solo, los chistes fueron llegando cada vez menos, y volvimos a las palabras: ¿ya cenaste?, ¿cómo anda tu vieja?


Link a la traducción de Sarah Moses para la revista internacional de literatura Asymptote:



Luna inmaculada

(Capítulo II de La chica astronauta y las ganas de volver)


Los lunáticos son alienígenas que viven de fiesta en fiesta. Siempre hay buenos motivos para celebrar en la Luna.
La chica astronauta aterrizó con los dos pies sobre la superficie blanca. Un polvo como de tiza o de jabón se levantó en una nubecita. Todo era impecable. Por aquí y por allá la superficie de la Luna se hundía en cráteres de círculos tan perfectos que parecían hechos con compás.
Estaba contemplando el paisaje con entusiasmo cuando se acercó una comitiva de lunáticos para darle la bienvenida. No sabía que hubiera vida en la Luna. Era un descubrimiento importante. ¿Serían pacíficos?
Doce viejitos plateados y un traductor hicieron una reverencia. Tenían largas barbas azules y cabezas peladas que brillaban con la luz del sol como si fueran cucharones. Cuando se inclinaron, la
chica se vio reflejada en cada una de las cabezas. En una mano sostenían una matraca y de sus cuellos colgaban silbatos, como si estuvieran a punto de comenzar una fiesta.
—Buenos días —saludó la chica.
El más anciano de los lunáticos gritó:
—¡Tanque! ¡Herida!
La chica tenía unos reflejos excelentes, así que en un instante se echó cuerpo a tierra esquivando proyectiles. Pero no hubo proyectiles.
—Tan querida —se apuró a traducir el experto—. El sabio dijo: “tan querida”. El Consejo de ancianos desea darle la más cordial bienvenida en nombre de todos los lunáticos, y hacerle saber que aquí será tan querida como en su casa.
Los doce viejitos le sonrieron.
El traductor le dio la mano y la ayudó a incorporarse. La chica se sacudió el polvo del pijama y miró a los lunáticos un poco nerviosa. Se esforzó por sonreír con amabilidad.
El más anciano volvió a gritar:
—¡Con cerbatana apunto!
La chica tanteó su cintura en busca de un arma de rayo láser. Pero no tenía ninguna.
—“Conserva tan a punto” —tradujo el experto amablemente—. El sabio ha pedido que le sirvan nuestras mejores conservas, aquellas que ya están bien a punto. Hacemos las más sabrosas de esta galaxia, con excepción, posiblemente, de las que prepara su excelentísima abuela. Nuestro sabio supone que usted debe estar hambrienta luego de su largo viaje.
—¡Oh! Eso sería muy amable, les agradezco mucho. Todavía no desayuné.
El lunático volvió a mascullar:
—¡Échate!
La chica no se volvió a echar cuerpo a tierra. En cambio, sonrió agradeciendo la gentileza, tenía muchas ganas de que le sirvieran un té.
Al instante apareció un mozo. Traía una mesa de plata. Encima apoyó una tetera y una taza de porcelana blanca y sirvió el té, como le había indicado el sabio.
Luego trajo todo tipo de latas, grandes, medianas y pequeñas, con etiquetas que mostraban hermosas fotos de arvejas, tomates perita, atún al natural, jardinera, duraznos en almíbar, dulce de batata. Las opciones eran muy variadas. La chica miró una por una, pero ninguna lata contenía tostadas con manteca, medialunas o algo que se pareciera a un desayuno.
El mozo le ató una servilleta al cuello y se quedó a su lado, erguido y servicial, con el brazo formando un ángulo de noventa grados y un repasador colgando pulcramente. Todo en la Luna parecía inmaculado. El repasador blanco del mozo combinaba de maravillas con el blanco suelo lunar. La mesa de plata brillaba como si la acabaran de lustrar. Las largas barbas azules de los ancianos colgaban lacias y ordenadas bajo sus mentones.
La chica estiró el brazo para agarrar una lata, pero el mozo cobró vida y antes de que su mano llegara a tocar algo, le interpuso una botellita de alcohol en gel. Con un gesto amable pero firme le indicó que lo utilizara. 
La chica se limpió las manos con mucho esmero para que los lunáticos estuvieran contentos. Luego estiró el brazo para agarrar la lata. El mozo, con un gesto veloz, la alcanzó primero y abrió el envase con un abrelatas que tenía en el bolsillo. Colocó el contenido en una bandejita de plata. Pasó un trapo por la mesa, en el lugar en el que la chica había apoyado las manos antes de limpiárselas, hizo una reverencia y colocó la bandejita de plata frente a ella.
La chica señaló otra lata.
El mozo volvió a realizar todo el ritual y le sirvió su contenido en bandeja de plata.
La chica señaló varias latas más y luego probó las exquisiteces. Los sabios la miraron con los ojos abiertos como platos. Cada vez que elegía un durazno en almíbar, el Consejo de ancianos exclamaba “¡mmmmmm!”. Y cada vez que mordía un pedacito de dulce de batata, el Consejo de ancianos exclamaba “¡ahhhhhh”. Ella, entonces, estiraba el brazo y les convidaba, pero todos se negaban cordialmente tocándose con una mano la panza, como cuando uno está muy lleno.



Mal día para ser mala



Las cosas no le iban en la vida como ella quería y se había cansado. Para variar, hoy tenía ganas hacer algo malo. No una broma, no una trampa. Algo malo de verdad.
Era un día muy frío. La chica que estaba enojada esperó a que llegara la noche, se subió al techo de una casa cualquiera (porque la maldad no estaba dirigida a alguien en especial, sino al que fuere, que es como decir a todos) y se dedicó a tapar la chimenea con un corcho.
La casa comenzó a inflarse y cuando estaba a punto de estallar, una voz tenebrosa tosió:
-Cof, cof, ¿quién anda por allí tapando mi chimenea?
A la chica que estaba enojada le dio un poco de miedo, pero enseguida recordó que ahora ella era mala. Respiró hondo y respondió con el tono más grave que pudo:
-Yooo.
-Pase, entonces- respondió la voz con cortesía.
La chimenea sobre la que estaba parada la chica comenzó a hundirse como un ascensor, hasta llegar al interior de la casa, incluso, le pareció a la chica, mucho más abajo. Cuando llegó a destino, se encontró en un aposento iluminado con candelabros. Allá en el fondo, sobre un sofá de ribetes dorados, una cosa oscura la miraba. La chica no pudo distinguirla bien porque toda la pieza estaba llena de humo.
-Pase, tome asiento- le dijo la cosa.
La chica salió de la chimenea, se sacudió las cenizas y se sentó solemnemente sobre un banquito de piedra.
-¿Qué la trae por aquí?
-Quiero ser mala.
-Ajá. Está hablando con la persona correcta. Y dígame ¿por qué quiere ser mala?
-Porque siendo buena no me ha ido bien en la vida.
-¿Y usted ha sido mala anteriormente? ¿Cuenta con alguna experiencia en el rubro que pueda mencionar?
-Estemm bueno, no, justamente, como le decía, quiero ser mala porque la bondad no funciona como lo esperaba.
La cosa anotaba en una planilla al tiempo que comentaba:
-No cuenta con experiencia… Bueno, después de todo, lo importante es la motivación más que la experiencia. Veamos… ¿tiene usted alguna inclinación especial hacia la maldad? Por ejemplo, ¿se animaría a jugar al rinraje o a poner pimienta en el salero?”.
-Si, claro.
-¿Y un yuyo diurético en el mate?
-¡Por su puesto!
-¿Y piedras en una almohada?
-Si, sí, creo que sí.
-¿Y alfileres en la cama?
-Bueno… no se… quizás…
-¿Se animaría a sacarle la silla a alguien cuando se va a sentar?
-Pero… eso puede lastimar mucho, ¿ no?
-¿Y se animaría a usar un tapado de oso panda?
-¡No, de ninguna manera!
-¿Y a reír y disfrutar mientras otros lloran?
-¡Ni loca! Jamás haría una cosa así.
-Bueno, mi amiga, no se lo tome a mal, no es que yo quiera decepcionarla tan al inicio de su carrera, pero usted no quiere ser mala, simplemente sufre de enojo y eso es algo pasajero. No hay que confundir un estado de ánimo con una auténtica vocación.
-Es que yo hoy tenía ganas de hacer algo malo…
-Bueno, vaya, vaya mi amiga, hoy tómese el día, haga un par de maldades, que tapar chimeneas tampoco es poca cosa. Vaya, pero le recomiendo que mañana vuelva a su amable rutina.
-Bueno… no se… muchas gracias de todas formas. Le agradezco su tiempo. Permiso…
Y la chica se fue, subiendo por la chimenea. La cosa terminó de completar la planilla y suspiró: “Esta juventud… ¡Hoy en día es tan difícil conseguir gente buena para ser mala!”.

Aguas abiertas
Los escritores también hacemos deportes. Al trabajar en este libro pensé mucho en eso. Quizás la actividad física que cada escritor elige practicar tenga que ver con el estilo de escritura que prefiere. Yo practico tai chi. Y me gustan los relatos sueltos, lentos, llenos de aire, que se van por las ramas, que no tienen mucho que ver con la velocidad, los aplausos y los grandes finales.

Primer capítulo
Aquí les comparto el primer capítulo de El poroto mágico: 





             














Planté un poroto en una maceta. Lo saqué al patio, le di las buenas noches y me fui a dormir.
A la mañana me despertó un tremendo ruido a maceta y baldosas rotas.
Me asomé al patio y me encontré con un tronco, enorme, que se elevaba metros y metros por sobre mi cabeza hasta perderse entre las nubes. Era mi poroto, que había crecido de manera descomunal. Las hojas brotaban de la corteza armando como peldaños de una escalera caracol.
Entonces escuché un llanto que venía del cielo. Levanté la cabeza. Por la escalera caracol venían bajando todo tipo de lechugas: arrepollada, manteca, colorada, crespa. Las hojas formaban polleras frondosas y las raíces hermosas cabelleras. Lloraban acongojadas.
                Notaron mi presencia al llegar al final de la escalera.
-Bienvenidas -les dije.
La crespa, que era la que encabezaba la hilera, se secó una lágrima con el ruedo de su vestido y se lamentó:
-No fuimos seleccionadas.
Luego cruzaron el patio. Entraron en mi casa. Se dirigieron hasta la puerta principal. Salieron a la vereda. Yo las seguí para ver a dónde iban. Llegaron hasta la esquina y escondieron la cabeza dentro de los cajones de la verdulería de Pepe.
                No había logrado reponerme de la sorpresa cuando escuché nuevos llantos que venían del cielo. Miré hacia arriba y por la escalera vi bajar, abrazados, una remolacha y un rabanito. Se consolaban mutuamente, sus rostros colorados de angustia.
-¿Los puedo ayudar en algo?
La remolacha negó con la cabeza y llegó a decir, entre hipos, que no habían sido seleccionados.
                Cruzaron el patio, salieron a la calle y escondieron sus cabezas en los cajones de la verdulería de Pepe.
                Si hay algo que no soporto es ver triste a una verdura. Decidí subir al cielo para averiguar qué pasaba. 



Booktrailer
Del libro de historietas para niños Redondelas.
Ilustración de Cecilia Afonso Esteves y guiones míos.

La jardinera
Este jueves 20 voy a estar en Córdoba, junto a Cecilia Afonso Esteves, presentando nuestra nueva historieta "La jardinera".

 
La jardinera
Con dibujos de Cecilia Afonso Esteves y guiones míos.
Las primeras viñetas de esta historieta empezarán a publicarse en la revista Aquelarre, publicación digital de la Maestría en Literatura para niños de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario.


Noche en la laguna

Página del libro de historietas Redondelas.
Afonso Esteves + Macjus.




Las cuatro bibliotecas de mi vida

Cuatro bibliotecas fueron importantes en mi vida.
La primera es la de mi infancia. No recuerdo los estantes ni los libros, recuerdo a mamá leyéndonos, incluso cuando ya sabíamos leer, la voz creando un ambiente mágico y nocturno. Esa imagen quedó, tal vez por eso me cuesta pensar a una biblioteca como una fila recta y ordenada de lomos. Soy más bien de piso, de ronda, de familia, de comunidad.
A medida que crecimos esa biblioteca se fue disolviendo. Mi mamá consideraba que los libros no se podían quedar quietos habiendo tantos chicos sin cuentos, así que los fue regalando. No tengo libros de mi infancia y hay una sensación de dolor, de despojo ahí. Yo hubiera querido conservarlos a todos. Como contraparte tengo que decir que cada vez que me encuentro con uno, por ejemplo en una feria de usados o en bibliotecas, el libro conserva mis sensaciones infantiles intactas, sin relecturas adultas que puedan haber cambiado el sentido. Como si mamá, al desparramar mis libros por el mundo, me hubiera ayudado a preservar el núcleo vital.
La biblioteca de mi tía es la segunda. Fue mi adolescencia, un momento en el que yo necesité conversar mucho, y lo hice con autores a través de libros.
Mi tía detesta acumular, es una mujer a la que le gusta pasar el plumero y limpiar todo con enérgicos baldazos de agua. Pero los libros son su excepción. Durante años se dedicó a comprar grandes colecciones. Incluso cuando ella no las leía. Creo que intentaba armar un nido de papel para sus hijos. En el estante de arriba, el más largo, había colocado toda una colección verde con letras doradas de Agatha Christie. La cantidad de volúmenes de esa colección me impresionaba, y en parte comencé por ahí porque parecía infinita. Yo ralentizaba las lecturas de aquellos libros que me gustaban mucho solo para que me duraran más, y esa colección prometía un crimen tras otro, una cantidad de misterio que podía durarme muchas lecturas, incluso devorándome los libros a toda velocidad. Más abajo en la estantería estaban los clásicos de teatro latinoamericano, unos volúmenes marroncitos y deslucidos con los que me entusiasmé recién en las vacaciones siguientes. Ya avanzado el secundario fueron Kundera, Vargas Llosa, Nabokov, y todos esos otros de tapas duras de Tusquets.
Fue cuando me vine a Buenos Aires que tuve acceso a bibliotecas públicas. Soy una lectora que deja sin terminar con gran facilidad los libros que no le gustan. En mis veintes usé con frecuencia la biblioteca municipal Miguel Cané y la biblioteca de un diario donde trabajé. Allí empecé y abandoné todo tipo de libros. En ambas me dejaban sacar tres ejemplares por vez. Yo solía llevarme uno que tenía muchas ganas de leer y otros dos sobre los que no sabía demasiado. Así pude meter las narices y luego entusiasmarme con John Irving, La epopeya del bebedor de agua me pareció de lo mejor. No había otros libros de Irving, así que fui por él a las librerías y los estantes de mis amigos.  A los veinte leí mi primer Roald Dhal. Berger y Salinger también los descubrí ahí. Bolaño, por recomendación de la bibliotecaria.
La biblioteca del diario también tenía libros viejos, de esos de los que se imprime una edición y luego no los conseguís en ningún otro lado. Y la Caras y Caretas completa, cómo me gustaba esa revista. Muchas veces los libros que yo quería leer estaban siendo usado por algún periodista. O cuando yo devolvía un libro estaba siendo esperado por otro periodista. Así, de a poco, me fui armando una idea de mis colegas según los libros que leían. Hay alguien a la que secretamente consideré de mi tribu, y de la que me hubiera gustado hacerme amiga, todo porque una vez descubrí que en su adolescencia había sido lectora de los libros de ciencia ficción de Minotauro. Creo que hay una generación de mujeres que llevamos en silencio la marca de esos libros. Tuvimos una breve conversación sobre Ursula K Le Guin y William Gibson, y esa breve conversación fue suficiente, a mis veinte años, para sanar algo de la adolescencia, sentir que en el mundo había otras. Suena desmedido, casi tonto, ahora que lo recuerdo muchos años después. Y me siento muy tentada de quitarlo de este texto. Pero es así, piso, ronda, familia, comunidad. 
Los libros fueron escritos por personas. Y son leídos por personas. Y entre medio, muchas veces, también hay personas. ¿No es eso algo estupendo? Una biblioteca es un sitio poderoso.

(La biblio de los chicos no se achica. Texto escrito en defensa de la Biblioteca Enrique Banchs)

Alegría

Mi novela Seis centímetros de vacaciones recibió Mención Especial en los premios Destacados ALIJA 2016. Este es el comentario del jurado. ¡Muchas gracias!




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Booktrailer de La remolacha gigante

Como en las pelis, acá va el avance de mi último libro:

 

Dibujos: Mariana Ruiz Johnson
Animación: Juan Asensio
Momento espejo

"Papá, Lara, Nacho y la perra están sentados en el agua. Papá y Lara, en las sillitas. Nacho y la perra, directamente sobre el fondo de barro, por sobre el agua asoman el cuello y la cabeza. Es extraño, esta enorme superficie calma los contagió y están los cuatro en silencio, mirando el horizonte de la laguna. Papá pela una naranja lentamente. La cáscara forma una espiral que no se corta, dura de una punta a la otra de la naranja. Abre la fruta por la mitad, saca un gajo, se lo pasa a Lara. Lara se lo pasa cortesmente a su hermano. Nacho se lo va a comer, pero nota que la perra levanta el hocico y olfatea el aire. El resultado del olfateo no es una cara de placer, pero aun así la perra mira al chico, pidiéndole. La perra sabe que a ella no le gusta la naranja. Nacho se da cuenta de que a ella no le gusta la naranja, pero le convida. La perra agarra el gajo, aceptando la amabilidad, trata de que haga el menor contacto posible con su boca, lo sostiene unos segundos, sin moverse, mirando a Nacho, compartiendo el momento familiar, y luego lo deja disimuladamente a un costado. El gajo se hunde despacio en el agua".

Fragmento de Seis centímetros de vacaciones (SM 2015)



¿Cómo es escribir? ¿A qué se parece?

Algo de eso le respondo a periodista Mariana Brantin, que me entrevistó para el programa Archivo cultural: